¿Qué ocurre cuando le pedimos a alguien que cambie?

Me atrevo a decir que todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos creído y sentido que otra persona debería cambiar. Y también me aventuro a decir que alguien nos ha pedido que cambiemos. En otras palabras, alguien nos ha dicho que dejemos de ser tal y como somos o le hemos dicho a alguien que deje de ser tal y como es.

Claro que podemos buscar excusas del tipo: la persona puede seguir siendo la misma, sólo tiene que cambiar esa conducta en particular: salir menos – o más –  de fiesta, pasar más – o menos –  tiempo en casa, tener más – o menos – sexo, trabajar más – o menos – tiempo, reír – o llorar – más o menos… y lo mismo podemos aplicar a infinitas conductas o estados: fumar, beber, dormir, comer, hacer deporte, leer, estar triste, enfadado, tener miedo …  En lo más profundo, eso es pedirle al otro que deje de ser quien es, ya que esas conductas están vinculadas a la identidad.

Por supuesto que siendo mi pasión el crecimiento personal, lo último que deseo es que las personas permanezcan invariables a lo largo del tiempo. Aunque la vida ya se encarga de hacernos evolucionar. El punto de mi reflexión es: ¿Qué pasa en lo más profundo cuando le pedimos a otra persona que cambie?

Si alguien te ha pedido – o exigido –  que cambies, con o sin chantaje emocional o material, muy probablemente hayas sentido algo bastante desagradable dentro de ti. Es lo más normal del mundo. En lo más profundo están rechazando algo de ti. En general no somos para nada conscientes de que cada vez que  le pedimos a alguien que cambie algo de si mismo le estamos diciendo: “no me gusta como eres”, “tienes un defecto”, “deberías ser distinto a como eres”. Voy a ponerme un poco más drástico: “si no eres como yo creo que deberías ser, no eres digno de mi amor (atención, compañía, respeto, etc.)”

Lo más interesante del caso, es que tanto en mi experiencia vital como profesional en psicoterapia, cuando a una persona se le pide que cambie sin que lo sienta, aunque lo acepte más o menos, suele ofrecer una mayor resistencia al cambio. Sin embargo, cuando llega el momento en la vida en que sentimos en nuestro interior que debemos crecer y evolucionar, todo el proceso avanza de una manera mucho más fluida.

Hay multitud de ejemplos. Queremos cambiar a los padres, a los hijos, a los amigos, a los compañeros de trabajo… por no decir a nuestras parejas, este tema merece un capítulo aparte. Un resumen:  tenemos un ideal de pareja, encontramos a una persona que cumple algunos de los requisitos y nosotros nos auto-engañamos atribuyéndole todos los demás para poder enamorarnos. De repente – oh sorpresa – descubrimos que esa persona es un ser único y particular, distinto a nuestra idealización proyectada. ¡Hasta nos sentimos estafados! Le pedimos que cambie para que se acerque más a lo que nosotros queremos.

Sé muy bien de lo que hablo. He hecho esto muchas veces durante buena parte de mi vida. Y por supuesto que cada dos por tres me sorprendo a mí mismo dándome cuenta de que ese impulso sigue vivo en mí. Por lo menos el darme cuenta y reconocerlo, me permite no actuarlo. Bien, si te soy sincero, actuarlo mucho menos y poder disculparme cuando lo hago. Además, sé que no soy el único. En las sesiones de psicoterapia y en las formaciones me encuentro este patrón a diario.

En lo más profundo de esta dinámica hay un acto defensivo de supervivencia. Somos nosotros los que tenemos un conflicto con ese aspecto del otro que queremos cambiar. Como en general no lo queremos reconocer, porque hemos aprendido que eso es indigno, doloroso o nos avergonzamos de ello, le pedimos al otro que no lo manifieste. Pero quién debería de ocuparse de ese conflicto somos nosotros y no la otra persona, a menos que quiera, claro.

Unos ejemplos concretos para que nos aclaremos un poco más:

  • Una madre que tiene miedo de ser mala madre y no educar bien a su hijo. Además no tiene una buena relación con su propia tristeza. Su hijo se pone a llorar y ella se desespera porque no entiende por qué su hijo llora y hace todo lo posible para que su hijo deje de llorar y así evitar sentirse mala madre y no entrar en contacto con su propio dolor.
  • Una pareja en la que uno de los miembros no se sabe relacionar con sus celos y le exige al otro miembro que salga menos y se relacione menos con un determinado tipo de personas que considera que pueden poner en riesgo su relación de pareja.
  • Un padre que no se sabe divertir y vive con el miedo a qué algo malo pasará en el futuro y le exige a su hijo que deje de perder el tiempo con chorradas que no llevan a ninguna parte y se ocupe de las cosas serias de la vida.

Si nos colocamos en la objetividad hay conductas como fumar, beber, comer mal, dormir poco o demasiado, hacer mucho o poco deporte, estudiar… que pueden ser valoradas como más o menos apropiadas de cara a nuestra supervivencia biológica y social. Sin embargo, vivimos realidades subjetivas, y esto lo complica todo un poco más. Cada uno no nosotros es nuestra mejor versión en cada momento y, a menudo, llevamos a cabo conductas que objetivamente no serían las mejores. Sin embargo, es la mejor respuesta que sabemos dar en ese momento para satisfacer nuestras necesidades o evitar experimentar algo peor. Cómo decimos en PNL, detrás de toda conducta hay una intención positiva.

Me atrevería a decir que cada vez que le pedimos a alguien que cambie, que es por su bien, y sentimos que lo estamos haciendo por el otro, en el fondo, estamos huyendo de la sensación de dolor que sentimos nosotros, por lo que también lo estamos haciendo por nosotros mismos: cambia tu para que me sienta bien yo.

A veces lo hacemos desde la soberbia, actuamos como si nosotros supiéramos mejor lo que a la otra persona le conviene. Simplemente por qué nosotros sí podemos o sabemos hacerlo. Cuando actuamos desde ese egocentrismo, desde esa rigidez y falta de empatía, el otro no se siente visto, se siente poco amado, impotente y hasta culpable. No hay dos personas iguales. Distintos genes. Distintos momentos históricos. Distintas culturas. Distintas familias. Experiencias vitales distintas que nos condicionan. Todo esto hace que cada ser sea único. Si realmente queremos amar al otro debemos abrirnos a ir más allá de lo que nosotros creemos que debería ser, abriendo nuestro corazón a lo que es tal y como es. Ahí empieza la magia.

Antes de querer cambiar al otro, tal vez sea mejor mirar primero dentro de uno mismo. ¿Qué me está mostrando el otro de mí mismo? ¿Quiero aprender yo a relacionarme de un modo distinto con eso que quiero cambiar en el otro? Y por supuesto, si amamos al otro y queremos acompañarlo desde la aceptación de tal y como es, con respeto y dando nuestro apoyo, tal vez todo sea más fácil. Si el otro quiere cambiar, claro.

¿No os parece que hay una abismo entre un “no está bien como eres, deberías de ser alguien distinto” y un “eres la mejor versión posible de ti mismo en este momento, ¿quieres abrirte a crecer y a experimentar la vida de nuevas maneras?”? A mí sí.

Joan Argelich

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