Hoy me ha dicho una paciente: «Quiero ser normal». ¡Alerta! Esta afirmación es una arma de doble filo. Por un lado, implica la existencia de eso a lo que llamamos normalidad. Además, suele estar acompañado de la fantasía de que si fuéramos normales todo estaría bien. Por otro lado, en el momento en que alguien dice una afirmación del tipo «quiero ser», generalmente está implicando que no lo es. Y éste era su caso. Así pues, ahí tenemos un conflicto importante sobre el que reflexionaré en este artículo.

¿Qué significa ser normal?

Para mi el concepto de normalidad es algo puramente estadístico. En estadística, la norma define el promedio de la distribución de una muestra de sujetos que se utiliza para comparar a un individuo con los otros. La normalidad tiene la apariencia de «lo correcto», pero esto nuevamente es una arma de doble filo. Por un lado, a la hora de estudiar algo utilizando la estadística, tomamos en cuenta una variables y desestimamos otras. Por lo tanto, ya estamos excluyendo una parte de las muchísimas variables que podríamos tener en cuenta. Por el otro, variable, por definición, significa que puede variar… ¿Y qué vamos a hacer con lo que no encaje?

¿Normal es necesariamente bueno?

Como he dicho, la normalidad tiene la apariencia de «lo correcto», simplemente porque es lo que encaja en la mayoría. Ahora bien, ¿es eso necesariamente bueno? o si vamos más allá, ¿es realmente lo que encaja en la mayoría lo mejor o lo más útil para un individuo en concreto? o si vamos todavía más allá, ¿es realmente lo mejor o lo más útil para la mayoría? ¿cómo podemos estar seguros de que tenemos en cuenta todas las variables relevantes? ¿cómo podemos estar seguros de que estas variables son las mejores? ¿Mejor para quien y comparado con qué?

Para mi estas son preguntas fundamentales que raras veces nos hacemos cuando algo es aceptado y compartido por una mayoría de las personas que, no lo olvidemos, forman parte de un sistema definido por unas normas.

Nos hemos inventado una «normalidad artificial». La estadística no existe en la naturaleza, es un modelo artificial que nos hemos inventado los seres humanos, igual que las matemáticas o el lenguaje. En PNL (Programación Neuro-Lingüística) decimos que son estructuras secundarias que nos permiten dar sentido y significado a lo que percibimos a través de los sentidos de manera natural en nuestra experiencia sensorial.

¿Es buena idea medir lo natural con la normalidad artificial?

Para mi algo natural es algo que simplemente es. Algo que existe y se manifiesta en la naturaleza. Algo fenomenológico. Por ejemplo, estar triste es algo completamente natural. Ahora bien, en nuestra querida – e inventada – sociedad del bienestar, nos hemos convencido de que cualquier manifestación emocional o conductual que no encaje con la normalidad que nosotros mismos hemos inventado, tiene que ser erradicada para que pueda seguir manteniéndose la norma. El resultado de esta idea en las últimas décadas ha llevado a la elaboración conceptual de multitud de «trastornos mentales» y tratamientos para los mismos. Todo esto con un fin: convertir algo natural en algo que encaje en la normalidad estadística artificial.

Cuando nos sentimos tristes, cansados, enfadados, desmotivados o de cualquier manera que no encaja con lo que nos hemos creído que es la normalidad, creemos tener un problema. De hecho, tenemos un gran problema. El problema es justamente creer que eso no debería de ser tal y como es. (En el post  El mundo no es como me gustaría que fuese desarrollo esta idea.)

Un problema a dos niveles

En un primer nivel tenemos tenemos dos tipos de malestar. Uno es el malestar físico-emocional, aquello que sentimos y ocurre en nuestro cuerpo. El otro es el malestar fruto de la no aceptación de lo que es, que suele generar un malestar mucho más intenso y, además, desconectado de la respuesta emocional original.

En un segundo nivel tenemos otro problema. La no aceptación y desconexión del sentimiento original nos impide poder comprender lo que éste nos está comunicando y, por otro lado, nos impide aprender a relacionarnos con él de una manera constructiva. En última instancia, lo que tenemos es un bucle de retroalimentación cerrado que precisamente nos impide encontrar la solución y tampoco nos permite convertir esa experiencia sensorial desagradable en un recurso para el futuro.

¿Y la solución?

Uno de mis maestros , Sthepen Gilligan, decía en una formación, con tono jocoso pero a la vez muy en serio,  que lo mejor que le puedes decir a tu paciente es: «No eres normal. Lo tuyo no tiene solución. Y cuanto antes lo asumas, antes dejarás de querer ser otra persona y podrás empezar a ser tu mismo.»

No me sorprende esta actitud. Gilligan es uno de los grandes discípulos de Milton Erickson. Aún siendo psiquiatra, Erickson no diagnosticaba a los pacientes, ni los medicaba, ni utilizaba palabras de complejas teorías psicológicas. Él creia que la mayoría de psiquiatras, cuando veían al paciente a través de sus teorías, dejaban de ver lo más importante: que delante suyo tenían a un ser humano. Para Milton Erickson, la terapia consistía en el encuentro entre dos seres humanos desconocidos. Según la relación que se estableciera entre ambos, sería posible para el paciente encontrar una nueva manera de estar en el mundo sin los síntomas que traía a la consulta.

Erickson no solo desafió la normalidad de su época al cuestionar los postulados de Freud, sino que también lo hizo a la hora de ejercer su profesión. No cabe decir que fue duramente criticado e incluso ridiculizado por los fundamentalistas de su época. Sin embargo, gracias a él, hoy tenemos un montón de terapias y técnicas como la Hipnosis Ericksoniana,  la Programación Neuro-Lingüística (PNL), la Terapia Breve Estratégica o la Terapia centrada en soluciones, por citar solo algunas. Hoy en día son tan normales que muchísimos psicólogos las utilizamos. Eso sí, en general nos tenemos que buscar la vida fuera de la carrera de psicología, ya que allí todavía se empeñan en diagnosticar y utilizar la estadística para elaborar protocolos cerrados que funcionen en todas las personas.

Milton Erickson animaba a sus alumnos a ser ellos mismos, a no querer imitar ni parecerse a nadie. Los animaba a que entraran en trance hipnótico, conectaran con lo más profundo de si mismos, y simplemente hicieran lo que sentían que querían hacer con ese regalo que es la vida.

Así pues, compartiendo las sabias reflexiones del maestro, y después de hablar un rato con ella sobre este tema, le he dicho a mi paciente: «Creo que es mejor que nos vayamos olvidando de la normalidad.  ¿Qué tal si emprendemos un viaje hacia tu interior para que descubras quién eres realmente?

Si te interesa esta aproximación naturalista a la terapia, te recomiendo el Curso de Hipnosis Ericksoniana que llevo impartiendo y perfeccionando durante los últimos 10 años.

Gracias por leerme.

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