Cuantas veces a lo largo de nuestra vida hemos estado en una situación en la que nos hemos planteado el dilema: ¿lo digo o me lo callo?  Hay muchos ejemplos: ¿Le digo a esa persona que me gusta o me callo? ¿Le digo a mi jefe que no me siento a gusto en el trabajo o me lo callo? ¿Le digo a mi pareja que prefiero quedarme solo en casa o le acompaño a dar un paseo aunque no me apetezca? ¿Le digo al camarero que la comida no está bien hecha o me callo? ¿Le digo a mi amiga que deje de contarme sus historias de desamor por whatsapp a diario o me callo? Y así un largo etc.

Como de costumbre, no hay una respuesta que nos sirva para todas las situaciones. Lo que me parece interesante es no desatender a ninguna de estas dos fuerzas antagónicas que habitan en nosotros. Si están las dos, es por algo. Empecemos.

La relación con uno mismo: ¿A quién escucho y a quién callo?

Todos hablamos con nosotros mismos. Todos tenemos una voz interior a través de la cual los distintos personajes psicológicos que podemos encarnar establecen un diálogo. En el modelo de la Psicología de los Yoes y el Voice Dialogue de Hal y Sidra Stone, les llamamos Yoes. Puede aparecer el Yo ocioso que quiere ver compulsivamente series de Netflix o estar horas en la playa o en un bar,  y al poco tiempo aparecer el Yo trabajador recordándote que tienes que trabajar, estudiar, limpiar la casa, etc…

Aquí una pregunta interesante es: ¿Permites que todos se expresen por igual? O, por lo contrario, ¿hay alguno que siempre manda y no deja hablar a los demás? Cada uno de esos personajes tiene su función y representa una manera distinta de ver el mundo y vivir la vida. Cada uno tiene sus necesidades y juega su papel en el “equipo” de los distintos Yoes. En el ejemplo anterior el Yo ocioso se ocupa de relajarse, divertirse y disfrutar de la vida despreocupadamente. El Yo trabajador se ocupa de hacer, producir y seguir unas reglas.

En general aprendemos que hay algunos de esos personajes que son los buenos y otros que son los malos. Actuamos como si fuera una película de acción o un partido de fútbol. Cuando esto ocurre, significa que nos hemos identificado con algunos de estos personajes y hemos callado y olvidado a los demás. Por un lado, esto nos permite crear una zona de confort y reconocernos a nosotros mismos con una identidad fija.  Nos permite decir, por ejemplo: ”Yo soy trabajador” y, por lo tanto, “Yo no soy vago”. Sin embargo, las identificaciones fijas nos quitan flexibilidad y nos impiden abrirnos a todas las posibilidades que nos ofrece la vida.

Unos personajes internos especialmente interesantes son nuestros Yoes niños y padres. Independientemente de la edad que tengamos, todos seguimos teniendo a un Yo niño curioso y juguetón dentro de nosotros. También un niño miedoso. Otro enfadado. Otro herido. Cuando entramos en contacto con nuestra vulnerabilidad, suelen aparecer estos aspectos de nosotros mismos y luego, para protegernos, nos movemos rápidamente hacia nuestros Yoes padre o madre para que hagan algo al respeto.

Aquí una pregunta interesante es: ¿Qué tipo de “padres interiores” tienes? ¿Juzgan y critican o apoyan y sostienen? ¿Son cálidos y comprensivos o fríos y rígidos? Es fácil reconocerlos, sólo se trata de observar cómo te hablas, te sientes y te tratas cuando pasa algo que te saca de tu zona de confort. Esta me parece una mirada interesante para trabajar la relación con nosotros mismos.  Vamos a ver ahora como esto afecta a las relaciones con los demás.

La relación con los demás: ¿Quién dice lo que digo?

Es muy habitual encontrar el siguiente patrón en las personas: tratar a los demás como nos tratamos a nosotros mismos, aunque muchas veces es tan inconsciente que ni nos damos cuenta. Y, por otra parte,  muy a menudo nos tratamos a nosotros mismos tal y como hemos sido tratados por las personas significativas de nuestra vida.

Por ejemplo, alguien puede haber escuchado de sus padres que no tiene que llorar ni tener miedo, que en esta vida hay que ser fuerte y valiente. Luego de adulto, nada más entrar en la tristeza o en el miedo, aparece su padre o madre interior diciendo exactamente lo mismo para apartarse de ese estado vulnerable. Y también será frecuente que al ver a otra persona en una situación similar le aparezca el mismo impulso de hacer algo para que el otro no sienta la tristeza y el miedo, de hacer algo para que el otro sea fuerte y valiente.

Algo interesante es que cuanto más nos identificamos con unos de estos personajes y rechazamos sus opuestos, más rabia nos da ver a estos Yoes rechazados en los demás. Iremos por el mundo juzgando a las personas y reviviremos nuestro conflicto interno una y otra vez a través de las relaciones con los demás.

Por ejemplo, a alguien que se identifica solo con su “Yo trabajador” y rechaza a su “Yo ocioso”, será fácil escucharle juzgar a todos esos “vividores que no hacen nada de provecho.” Quien solo se identifica con el ocioso, probablemente no entienda como pueden vivir esos “adictos al trabajo”.

Cuando unos de estos personajes internos se imponen de manera sistemática a sus opuestos, nos desconectamos de una energía y de un recurso que forma parte de la vida y de nuestro ser, que tiene su función y es potencialmente útil en algún contexto. Esto nos hace volver más rígidos y limitados, con lo que empezamos a tener problemas por estar desconectados de algunas partes de nosotros mismos.

Esta desconexión interna es una de las principales raíces de los problemas que tenemos a la hora de comunicarnos y a la hora de relacionarnos. ¿Cómo vamos a poder expresar a los demás lo que nos callamos a nosotros mismos? ¿Cómo vamos a ser asertivos si ni nosotros mismos reconocemos y aceptamos lo que pasa dentro de nosotros? ¿Qué pasa con esas necesidades que nos muestran esas partes rechazadas de nosotros mismos?  ¿Quién las va atender?

Cuando no somos conscientes de nuestras necesidades y no nos ocupamos de ellas, en general le vamos a pedir a los demás que se ocupen ellos. Una manera de hacerlo es idealizando a algunas personas y estableciendo relaciones de co-dependencia que, una vez más, nos quitan libertad y nos desconectan del fluir de la vida. Por ejemplo, buscaremos a alguien que proteja o ame a nuestro Yo niño vulnerable, como si fuera un papá o una mamá, y luego no podremos vivir sin él o ella.

Así pues, en cierto modo, los personajes internos que desterramos y encarcelamos nos acaban enjaulando en nuestras relaciones personales.

Es por todo este “enredo” que hace un par de años cree con mi colega Àngela Espí, el curso de comunicación asertiva: comunícate sin enredos. Posteriormente, junto a mi otra colega Ana Fernández, creamos el taller relaciones de pareja sin enredos. Ambos cursos están orientados a comprender nuestras dinámicas relacionales con nosotros mismos y con los demás y para aprender a expresarnos mejor.

El modo de caminar hacia una mayor libertad y flexibilidad suele ser desarrollando un Ego consciente, y esto se consigue a través de la consciencia de uno mismo y las herramientas para poder equilibrarse y hacerlo distinto.

Hay una nueva edición de ambos este otoño de 2019

¿Quieres empezar a desenredarte?

¡Pues es solamente un fin de semana por curso y te aseguro que valen la pena!

(Esto último lo ha escrito mi yo persuasivo, mi yo vergonzoso nunca se atrevería. El sólo te dejaría los enlaces a continuación como quien no quiere la cosa…)

Curso de comunicación asertiva: comunícate sin enredos

Taller relaciones de pareja sin enredos

¡Gracias por leer!

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